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YO FUI PRISIONERO DEL GRAF SPEE

Cultural
EN TORNO AL GRAF SPEE
Aquellos que pelearon
Álvaro Ojeda
QUITARLE A Inglaterra el control de los mares evitando de paso el bloqueo marítimo de Alemania, es la lejana causa de la tragedia del Admiral Graf Spee. En su documentado y atractivo libro Graf Spee de Wilhelmshaven al Río de la Plata, Daniel Acosta y Lara y Federico Leicht desmenuzan la causa antedicha y agregan otras. El 30 de octubre de 1914 se produce en el Pacífico Sur una victoria engañosa: la flota alemana compuesta por seis cruceros de distinto porte – cuyo buque insignia es el SMS Scharnhorts- hunde frente a la ciudad chilena de Coronel, al HMS Good Hope. Este crucero acorazado inglés debía evitar junto con otros tres navíos, el paso de los buques alemanes hacia el Atlántico por el Estrecho de Magallanes. En el hundimiento muere el contralmirante inglés Christopher Cradock junto a 920 hombres. En la ciudad de Valparaíso la comunidad alemana recibe a sus compatriotas como a semidioses del mar. A consecuencia de la victoria el vicealmirante alemán dobla la apuesta y decide, contra la voluntad de sus oficiales, atacar a los ingleses en su reducto de las islas Malvinas. El vicealmirante no ha evaluado debidamente la situación. El contralmirante Cradock cometió un error de principiante colocando sus barcos de espaldas al sol, quedando expuesto como blanco perfecto, a la mayor cadencia de tiro de sus enemigos. Para los alemanes fue como cazar patos en un estanque. Henchidos de orgullo los arrogantes semidioses caerán en una trampa. Sorprendidos por el fuego inglés desde Port William y por los cuatro buques de refuerzo llegados desde el Lejano Oriente, los alemanes sufren una espantosa derrota en la que pierden tres naves. En las heladas aguas del sur sólo sobreviven 20 hombres. El buque insignia alemán, el crucero SMS Scharnhost, se hunde con su comandante, el vicealmirante Maximilian Johannes von Spee. Un apellido, una mala decisión y una trampa indican una constante.
OTRAS CAUSAS. La flota alemana de superficie casi no salió de sus bases durante la Primera Guerra Mundial y cuando lo hizo fue vapuleada. La naturaleza geográfica de Alemania se impone: es muy difícil sortear -desde el Mar del Norte o el Báltico- cuatro flotas de guerra inglesas dispuestas por el mundo, sin ser rastreado y destruido. Inglaterra disponía en los inicios de la Segunda Guerra Mundial de dos flotas en el Mediterráneo -una en Gibraltar y otra en Egipto- una más en el Atlántico Norte para asegurar su abastecimiento, y la última en su propia casa, la Home Fleet, por si algún desprevenido pretendía invadir la isla. Alemania, acorralada entre las medidas restrictivas del Tratado de Versalles respecto al tonelaje de sus barcos de guerra (10.000 toneladas como máximo) y cierta lectura equivocada de los actos heroicos realizados por marinos como el vicealmirante Spee, se decidió por el voluntarismo complaciente y el deslumbramiento tecnológico. En primer lugar, creyó que podía construir nuevos buques que modificarían la guerra en el mar inclinando a su favor la vieja contienda con los ingleses. En segundo lugar, creyó poseer un plus de coraje inherente a la superioridad de la nación germana, que eliminaba toda duda razonable sobre el novedoso diseño naval. Si el primer enunciado era de relativa certidumbre durante el período de entreguerras, fue el segundo, de carácter ideológico, el que imperó después del ascenso de Hitler a la cancillería del Tercer Reich en 1933. El doctor ingeniero Paul Presse fue el encargado de diseñar un tipo de barco de guerra que cumpliera con las restricciones del Tratado de Versalles y a la vez constituyera una formidable flota de superficie, intimidante, majestuosa, prueba de la superioridad alemana. Así nace el panzerschiff, el acorazado de bolsillo. Entre 1929 y 1934 se diseñan y se botan tres panzerschiff: el Deutschland, el Admiral Scheer y -el 30 de junio de 1934- el Admiral Graf Spee. El gran ausente en la botadura fue Hitler: estaba ocupado purgando a las SA en la llamada “Noche de los Cuchillos Largos”.
Ventajas, desventajas. Según los autores, el Graf Spee presentaba una larga lista de cualidades que ratificaban la superioridad casi inevitable de la ingeniería alemana: la mesa giratoria que mejoraba la operativa de las torres triples de artillería pesada (cañones de 28 cm., granadas de 300 kg.), con una cadencia de dos disparos por minuto, más la artillería liviana y antiaérea y los torpedos; el sistema de disparo automático de la misma; un telémetro electrónico que permitía medir la distancia que separaba al buque de un objeto lejano y cinco reflectores y varios hidrófonos para escuchar y localizar naves y torpedos a 50 millas de distancia. Para el lector común las innovaciones pueden ser atosigantes: un hidroavión de reconocimiento (el Ar 196 que funcionó poco y mal); el sistema para escribir textos no cifrados y convertirlos en palabras incoherentes (la máquina Enigma cuyo nombre técnico era Schlüssel M) y muchas maravillas más, detalladas en un interesante apéndice que incluye fotografías y explicaciones técnicas, más un glosario por si cabe alguna duda. Debe señalarse que ese lector común sospechará que tanta maravilla junta podía complicar la operativa del buque y fallar por no haber sido probada en un combate verdadero, situación muy diferente a los paseos militares del panzerschiff durante la Guerra Civil Española. De todos modos, Acosta y Lara y Leicht no se dejan subyugar y a texto expreso señalan:
“El Graf Spee fue definido como el barco `más fuerte que el más veloz y más veloz que el más fuerte`. La Batalla del Río de la Plata sin embargo, puso en evidencia la vulnerabilidad de los panzerschiff. La artillería de los cruceros pesados (203 mm) atravesó los blindajes de las bandas y de cubierta del barco, dañando instalaciones vitales. El empleo de los cruceros livianos atacando como si fueran destructores, y el efecto de perdigonada de su artillería, provocó innumerables bajas en la tripulación, así como daños a sistemas no protegidos adecuadamente. Posteriormente se pudo comprobar que estos daños influyeron en la efectividad de la artillería liviana del acorazado alemán, que no logró un solo blanco durante toda la batalla. La diferencia de velocidad y la inefectividad de la artillería mediana, indispensable para repeler un ataque nocturno, permitieron a los cruceros ingleses elegir el momento de atacar.”
El ocaso de los dioses. Consignada con pulcritud por los autores, la peripecia guerrera del Graf Spee no alcanza los cuatro meses de duración. Como buque corsario se vio obligado a realizar cinco incursiones en las rutas mercantes entre África y América del Sur golpeando y huyendo, exigiéndose al máximo de sus posibilidades y agotándose hasta sucumbir en la “trampa montevideana” -en palabras de su capitán Hans Langsdorff- que le tendió la diplomacia inglesa, mientras reunía una nueva flota para destruirlo como había ocurrido en 1914. Acaso las órdenes que recibió del mando alemán fueron difusas cuando no contradictorias, porque un corsario debe atacar y al hacerlo se expone con la inevitable consecuencia de su búsqueda y destrucción por parte del enemigo: la “fuerza G” que comandaba el comodoro Henry Harwood y que acabó con el panzerschiff, es la prueba tangible de esa contradicción entre la acción y el secreto. Quizás el capitán Langsdorff no estaba en su mejor momento anímico y físico -los testimonios al respecto abundan- cuando la batalla se le presentó ante los ojos y optó por actuar, en vez de eludir el combate. Es posible que su opción de dirigir la batalla desde la cofa de combate que carecía de protección y en la que fue herido perdiendo el conocimiento, en vez de hacerlo desde la torre blindada, fuera a la vez causa y consecuencia de su ruina en el encierro montevideano. Todo suma. Resulta preferible explicar la destrucción del Graf Spee como el producto de una exigencia descomunal a una nave y a sus tripulantes. Una nave que no era la suma de todas las virtudes, atrapada en medio de una contienda ideológica que pretendía demostrar la superioridad racial y tecnológica de Alemania. Hay más elementos. El jefe de la marina alemana, almirante Erich Raeder anotó en su diario que “Hitler era un hombre de tierra. Él no tenía cabal idea de las peculiaridades de la guerra naval. El plan de cortar las redes de abastecimiento del enemigo es muy abstracto para Hitler (…)”.
Otra muestra de la conocida maniobra de descargar en el torpe superior la suma de las decisiones, eludiendo responsabilidades, concediendo cierto valor póstumo al sacrificio torpe, vacío, casi frívolo del acorazado y de su capitán.
Esa ciudad flotante, única y aislada, no estuvo a la altura de las exigencias del Reich milenario y encontró en el ritual suicida de Langsdorff el 20 de diciembre de 1939, un prólogo adecuado al desastre que el nazismo desencadenaría sobre el mundo entero.
GRAF SPEE. De Wilhelmshaven al Río de la Plata, de Daniel Acosta y Lara y Federico Leicht. Ediciones de la Plaza, Mdeo., 2009. 237 págs.
EL GRAF SPEE. La trampa de Montevideo, de Alejandro N. Bertocchi Morán. Ediciones Cruz del Sur, Mdeo., 2009. 191 págs.
GRAF SPEE, de Rudolf Müller. Ediciones Libri, Santa Lucía, 2009. 142 págs.
YO FUI PRISIONERO DEL GRAF SPEE, de Patrick Dove. Instituto de Publicaciones Navales, Bs. As., 2009. 154 págs.
Humano, demasiado humano
EL LIBRO DEL profesor del Instituto Militar de Estudios Superiores Alejandro N. Bertocchi Morán (El Graf Spee. La trampa de Montevideo) es una petición de derechos que parte de la importancia decisiva del bloqueo marítimo a Alemania durante la Primera Guerra Mundial. El bloqueo inglés debilitó de tal manera a los alemanes que se constituyó -junto con la entrada en la guerra de los Estados Unidos en 1917- en el suceso militar que inclinó la balanza a favor de los aliados. Algunos datos avalan este razonamiento. En 1913 Alemania tenía el porcentaje más bajo de tuberculosis en el mundo: 14 individuos por cada 10.000. El bloqueo elevó el número de muertes por tuberculosis a 62.000 en 1915 y a 100.000 en 1918. Más que la batalla de Verdún, fue la Royal Navy y su dominio del mar, la causa de la derrota alemana. Lo que ratificaría esa petición de derechos es el inteligente empeño alemán para cumplir y a la vez eludir, las imposiciones de los aliados en el Tratado de Versalles. Pero hay otros hechos que justifican esta postura. Durante la Conferencia Naval de Washington en 1921 y en particular en la Conferencia Naval de Londres en 1930, el poder marítimo se compartió por primera vez entre los Estados Unidos e Inglaterra. El número de cruceros pesados que se acuerda para las tres potencias marítimas vencedoras -Gran Bretaña, Estados Unidos y Japón- es de 5, 5 y 3, creando una especie de carrera armamentística regulada. Alemania, pese a su recuperación, no es invitada a ninguna de las dos conferencias. Tamaña actitud no es sólo un problema de venganza sino un asunto de estrategias geopolíticas. La República de Weimar lo comprende así y comienza una política de rearme discreta pero pertinaz: “Bajo el comando del almirante Zenker se había concebido una suerte de crucero acorazado bastante rápido como para intentar romper contactos con adversarios mayores y provisto de una artillería de gran calibre.” Corría el año 1929 y pese a la crisis económica mundial Alemania ya estaba en otra cosa.
Según señala Bertocchi la primera concreción de lo que luego sería llamado “acorazado de poche” (acorazado de bolsillo) fue el Deutschland cuya botadura es de mayo de 1931. Para aliviar el peso de desplazamiento de la nave que no podía exceder las 10.000 toneladas, la ingeniería naval alemana empleó novedosos recursos técnicos: se descartaron los remaches y se utilizó la soldadura eléctrica, las aleaciones de metal eran ligeras en las superestructuras de la nave y el equipo propulsor empleaba motores diesel, que si bien eran más pesados que las calderas a vapor, desarrollaban mucha mayor velocidad. Siendo un barco relativamente pequeño poseía un blindaje de 178 milímetros y una artillería desproporcionada para su propio desplazamiento. Este detalle no es menor. Un acorazado de bolsillo podía ser un buque inestable, con cierta propensión a la vuelta de campana. Pero el mito de la eficiencia alemana y la propaganda nazi pudieron más que la verdad. Debe decirse que los británicos aportaron en este punto su granito de arena. Un país necesitado de victorias sobrevaloró la capacidad de combate del Graf Spee para generar un golpe de efecto en una guerra en la que las campañas en el continente no iban nada bien.
El 30 de junio de 1934 fue botado el Admiral Graf Spee y en este punto comienza otra historia. “El Admiral Graf Spee poseía la protección pasiva suficiente como para absorber los golpes de la artillería principal de cualquier crucero pesado de la época, con la sola excepción de los cruceros de batalla británicos y franceses.” El diagnóstico de Bertocchi permite comprender la manera en que se desarrolló el combate entre el acorazado de bolsillo alemán y sus tres perseguidores.
En cuanto al porqué del enfrentamiento, el autor señala algunas malas decisiones del comando del Graf Spee: “el mismo Churchill, que siguió la acción desde la sala del Almirantazgo apreció la ocasión perdida por el comandante alemán: `Langsdorff tuvo sólo un minuto para decidirse. Él debería haber virado enseguida para mantener a sus adversarios el mayor tiempo posible bajo el alcance y mayor calibre de sus cañones de 11 pulgadas, a lo que los británicos no podían haber contestado primero. Así habría ganado para su artillería la diferencia entre las sumas de las velocidades y su resta`.”
No fue así y la ventaja se perdió según lo atestigua la abundante bibliografía citada en el libro. El capitán Langsdorff regaló la ventaja que poseía complicándose en una pelea que pudo eludir. Lo que también denuncia Bertocchi, es la discutible decisión del alto mando alemán de utilizar al Graf Spee como buque corsario. Un corsario que obtuvo en su corta vida con ese cometido (desde el 20 de agosto al 13 de diciembre de 1939) hundimientos de relativa magnitud. Alemania había optado por una marina de superficie modélica que, curiosamente, terminó siendo empleada en misiones para la que no estaba diseñada. En este punto, la intromisión de la irracional política nazi se cobró un precio oneroso. Y no sólo en el terreno militar. El manejo diplomático durante la permanencia del acorazado en el puerto de Montevideo fue otro ejemplo de improvisación. Otto Langmann, el embajador alemán en Uruguay, era un pastor luterano convertido al nazismo y poco o nada sabía de temas diplomáticos. El Graf Spee fue un barco aislado en un mar inglés. En otro orden, resulta llamativa la aureola caballeresca que rodeó a Hans Langsdorff y la repetición permanente de la misma en el presente texto. Sobre Langsdorff se tejió una leyenda de bonhomía singular que incluyó su porte marcial, sereno y triste, en un tono más cercano a la literatura que a la historia. Se huele un espíritu de camaradería marinera excluyente y aséptica, que establece una vaga relación entre el valeroso capitán y el régimen al que sirvió. No hay que engañarse, un militar durante el Tercer Reich era un político armado.
No obstante estos detalles, algunas conclusiones de Bertocchi parecen muy atractivas.
“En este campo afirmamos claramente que el Graf Spee no entró a Montevideo a causa de una avería; entró a causa de un error humano, en este caso de su propio comando.”
El comentario alude a dos hechos: la ausencia, en el informe de los expertos designados por el gobierno uruguayo, de averías graves en el acorazado, en concreto una falla en la planta auxiliar purificadora de combustible que le impidiese navegar y cierta herida recibida en el combate por Langsdorff, que le habría hecho perder el conocimiento menguando así su capacidad de decisión.
El libro posee abundantes fotografías, muy buenos planos, una precisa bibliografía y dos completos índices (de buques y onomástico) que mucho ayudan al lector.
Una farsa y un testigo
LA HISTORIA es perfecta, como para ser filmada. Se encuentra en el libro Graf Spee, de Rudolf Müller, marinero sobreviviente afincado en las sierras de Córdoba. Müller es elegante y fuerte y está bronceado: por el aire del mar antes, por el aire de la sierra ahora. Un inspector de telégrafos lo encuentra en una fiesta del pago y lo invita a almorzar. El alemán prosea, toma mate, espuma el puchero (sic) y se enamora pero como es ateo, la cosa se le complica. Mientras tanto, Rudolf cuenta sus peripecias de camillero en el Graf Spee. El novel criollazo funciona en la medida que sea un buen alemán o viceversa. Hay que ver todo lo que vivió: hundimientos, prisioneros con sus mascotas -una ardilla, un mono y un gato- cantantes españolas, parejas de luna de miel perdidas en un yate y para que no falte nada, el caballero de los mares Hans Langsdorff muriendo por el Tercer Reich pero de soslayo. El lector se asombra y está bien que lo haga porque todo es una farsa escrita por el periodista argentino Juan Andrés Cuello Freyre, editada en Buenos Aires en 1954 y que en esta moda de reflotar al acorazado hundido es publicada en la ciudad de Santa Lucía, en una insólita segunda edición.
Muy distinto es el caso del libro de memorias Yo fui prisionero del Graf Spee escrito por Patrick Dove, capitán del hundido petrolero Africa Shell. Dove revive con natural maestría no sólo su peripecia como prisionero durante la Batalla del Río de la Plata, sino su lucha atroz por forjar una imagen benevolente y melancólica del capitán Langsdorff, mezcla de héroe clásico y corsario romántico. Langsdorff vela por el bienestar de Dove hasta que es liberado en Montevideo: le regala una pipa de brezo blanco, hace que los sastres del acorazado le confeccionen vestimenta adecuada, le obsequia las cintas de gorra de dos marineros muertos en el combate. De paso le formula diez preguntas nada intrascendentes sobre la captura y hundimiento del Africa Shell -capturado y hundido en aguas neutrales- que el inglés contesta con astucia de prisionero. Entre tanta charla amistosa de camarote, tanto paseo por la cubierta y tanta gallardía germana, se cuelan los errores de construcción de un barco que casi zozobra en una tormenta común y corriente en el Índico y una tripulación inexperta consignada por el propio Langsdorff: “esto es lo que tengo aquí a bordo, hijos de panaderos y soldados.”


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