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Ene
10

FALLADA

Cultural
HANS FALLADA (1893-1947)
Pequeño gran escritor
Virginia Martínez
EN OCTUBRE de 1945 Thomas Mann escribió un artículo titulado “Por qué no vuelvo a Alemania”. Decía que no quería regresar a un país donde la mayoría había callado, denunciado y sostenido las atrocidades del Tercer Reich. “Ustedes hicieron cultura bajo Goebbels”, acusó. Para él, todos los libros publicados en Alemania entre 1933 y 1945 olían a sangre y vergüenza y no merecían más destino que la pulpa de papel.
Hay, sin embargo, al menos un escritor del período que contradice el juicio de Mann: se llama Rudolf Ditzen y publicó con el seudónimo de Hans Fallada.
BUEN ESCRITOR MENOR. Poco antes de morir, e intentando explicar por qué los alemanes no habían resistido al nacionalsocialismo, Primo Levi apeló a una novela de Fallada, en su opinión la mejor que se ha escrito sobre la resistencia contra el nazismo. “Quien lee ese libro, comprende lo que era la Alemania de entonces”, afirmó.
Publicada un año antes de la muerte de Fallada, lamentablemente no traducida al español, Todos morimos solos o Solo en Berlín (1946) es considerada la obra maestra del novelista.
De la misma generación que Walter Benjamin y Bertolt Brecht, Fallada no tuvo que emigrar. Escribió y publicó en la Alemania de Hitler y hasta puso su talento al servicio de Goebbels. Cuando el Ejército Rojo entró en su país, buscó la protección del escritor Johannes R. Becher, notorio intelectual comunista que regresaba de su exilio en Moscú. En Alemania Oriental se lo tuvo por escritor modelo mientras que en la Occidental lo persiguió la acusación de tibio y oportunista, según las opiniones más blandas, y de haber capitulado ante el nazismo, según las más severas.
La crítica literaria nunca lo consideró entre los grandes de las letras alemanas y es posible que no lo sea, que se cuente en la muy poblada y honorable categoría de buen escritor menor. De sobrio realismo, con toques expresionistas, ingeniosa, pesimista, sórdida por momentos, su pluma retrata con el valor de un documento histórico el lado oscuro de la vida bajo la Gran Depresión. Sus personajes son la gente común -el pequeño hombre- de pobres ilusiones hechas a la medida de su mediocridad, aun de su mezquindad. Amenazados por el descalabro económico y la descomposición moral, los hombres y mujeres de Fallada transitan por la vida aferrados a lo poco que les queda para no despeñarse y caer en el inmenso ejército de desocupados del proletariado alemán.
Niño de mala suerte. Rudolf Ditzen nació en una familia acomodada. Su padre era un prestigioso abogado que hizo carrera en el Poder Judicial, admirador incondicional de Bismarck y del Estado.
Alumno mediocre, lector incansable e incapaz de adaptarse al rigor de la disciplina escolar, Rudolf vivía inventando enfermedades para faltar a clase. En sus escritos autobiográficos, convirtió las dificultades de la infancia en una manifiesta y tenaz mala fortuna: “Toda mi infancia y mi juventud estuve acosado por una excepcional mala suerte”.
A los 16 años tuvo un accidente que le cambió la vida. Mientras paseaba en bicicleta fue atropellado por un carro tirado por caballos. Los animales le pisotearon la cara y las ruedas le pasaron por arriba. Internado en un hospital, los médicos anunciaron que las lesiones eran tan graves que no dejaban lugar a la esperanza. Sin embargo se recuperó, aunque quedó con una ligera renguera e insoportables dolores de cabeza.
Tras el accidente, escribió unas furiosas “Reflexiones sobre la fe”: “Si eres Dios entonces ya sé qué clase de Dios eres. Déjame solo, no quiero estar a tu lado”.
Harry, el loco. Rudolf fue un adolescente atormentado y autodestructivo que pasó de la admiración al odio a los padres. Un día planeaba dedicarse a la literatura y al siguiente coqueteaba con la idea de la muerte. Por esa época empezó a hacerse llamar “Harry”, con la ilusión de que el nombre fundara su anhelada identidad de novelista.
En 1910, en una de las tantas depresiones que padecería a lo largo de su vida, pactó con un amigo un suicidio asistido. Después convenció al amigo de suicidarse juntos simulando un duelo.
El 17 de octubre de 1911 Hans Dietrich von Necker dejó una carta a su madre, diciéndole que “Harry” ejercía en él un embrujo que lo privaba de su voluntad. “Le di mi palabra de que lo seguiría en sus planes. (…) Por favor no te enojes conmigo. No voy voluntariamente a la muerte, yo era tan feliz…”.
Los muchachos se encontraron en un bosque. Se pintaron una cruz sobre el corazón y caminaron hasta la posición desde donde debían disparar. Hans Dietrich tenía un revólver y “Harry” un rifle. El primero era buen tirador mientras que el segundo nunca había manejado un arma. El disparo de Hans Dietrich atravesó el pulmón de “Harry”; el de “Harry” le partió el corazón a Hans Dietrich. Al ver caer al amigo, “Harry” corrió hacia él y, desesperado, usó contra sí las dos balas que quedaban en el revólver del muerto. Una vez más, desafiando los pronósticos médicos, sobrevivió a las heridas.
La pericia psiquiátrica concluyó que sus disturbios mentales lo eximían de responsabilidad penal. Tras el “accidente”, como siempre lo llamó el padre, lo internaron en una clínica psiquiátrica.
Trabajador rural. En la soledad del sanatorio Tannenfeld, el joven desamparado se hizo escritor. Al cabo de dos años de reclusión el director de la clínica estableció que estaba en condiciones de salir a trabajar. Lo recomendó a una familia católica, de trabajadores rurales. Años después Fallada escribió: “Todo ese tiempo -solo lo descubrí décadas más tarde- estuve aprendiendo, aprendiendo a convertirme en lo que iba a ser un día: un escritor. (…) Parado detrás de aquellas interminables filas de mujeres que pelaban remolachas y papas, escuchando la conversación de las muchachas (…) aprendí cómo hablaban, de qué hablaban, qué les preocupaba”.
En octubre de 1916 se mudó a Berlín -“mi único hogar aun si no nací allí”- donde trabajó como comerciante de papas. Ajeno a la bohemia berlinesa, no se codeaba con intelectuales ni artistas y todavía era un escritor inédito. Tenía, en cambio, dinero en el bolsillo que gastaba cada vez más en bebida y cocaína.
Le pidió a su padre ayuda para liberarse de la esclavitud del asalariado y dedicarse a terminar la novela que estaba escribiendo. Wilhem Ditzen puso tres condiciones: que dejara Berlín, que publicara con seudónimo y que el acuerdo tuviera la formalidad de un contrato.
Nace Fallada. Dispuesto a cumplir con el pacto, se mudó al campo y eligió el nombre con el que se lo conocería como escritor. Se inspiró en los hermanos Grimm: del personaje de Hans con suerte, tomó el nombre de pila, y del caballo que habla, el apellido.
Su primer trabajo fue El joven Goedeschal. Una novela sobre la pubertad (1920). La obra tenía mucho de autobiografía: los personajes, las circunstancias y hasta los nombres propios. Pero Fallada no pudo participar en el lanzamiento de su opera prima: había vuelto a la clínica para un tratamiento de desintoxicación.
Dos años después terminó Anton y Gerda, sobre la historia de un convencional joven de clase media que se enamora de una prostituta. En principio Anton intenta redimir a Gerda y llevarla a su mundo, pero finalmente ambos terminan viviendo del trabajo de la muchacha.
A mediados de los años veinte también se había convertido en adicto a la morfina, que sumaba a un desenfrenado alcoholismo. En junio de 1924 lo condenaron a seis meses de cárcel por vender la cosecha de su patrón en el mercado negro. Se presentó en la prisión borracho, pero bien dispuesto a pagar el delito. “Nunca en un sanatorio ni en una clínica psiquiátrica me trataron tan decentemente como aquí. (…) Este es un lugar maravilloso”, escribió en la primera entrada del “Diario de la cárcel”.
Dos años más tarde volvió a los tribunales, esta vez acusado de desfalco. Se hizo responsable de haber robado a este y aquel y de haber gastado el dinero en todo lo que podía ofrecer la noche berlinesa: vino, mujeres, música, drogas. Lo condenaron a dos años y medio de cárcel.
Compromiso con la virtud. Al salir de la prisión le escribió a su madre anunciándole que había dejado atrás el vicio y que solo tenía tres compromisos: con la literatura, la liga contra el alcohol y la socialdemocracia.
En 1928 conoció a Anna Issel, obrera joven y empeñosa como todas las mujeres de sus novelas. Anna era el prototipo del ama de casa, esposa y madre, sencilla y protectora. Tardó en contarle a los Dritzen que se había comprometido con una muchacha de clase baja.
Decidido a trabajar duro y a sacrificarse para llevar una vida normal, se empleó de vendedor de publicidad en un diario conservador y antisemita, y como plumífero en la Oficina de Turismo y Comercio de Neumünster. Cuando nació su primer hijo, le escribió a un amigo: “Me siento como si fuera un millonario”.
En 1930 publicó Campesinos, caciques y bombas, sobre una masacre de campesinos ocurrida en 1929. La novela, llevada a la televisión por Egon Monk en 1973, recibió el aplauso del Angriff de Goebbels, que la tildó de magistral, y de la Rote Fahne, de los comunistas, que la consideró un soberbio reportaje de la realidad. Fallada dejaba de ser una promesa para convertirse en autor reconocido.
Uno en seis millones. La consagración vino con Pequeño hombre ¿y ahora qué? (1932). La obra relata la peripecia de Hans Pinnenberg, un empleado de comercio que queda en la calle. Felizmente casado y padre de un bebé, el protagonista erra por el Jardín Zoológico junto a otros desocupados. En la monotonía de la cola del seguro de paro descubre el rostro de los que hasta hace poco se esmeraban en ser elegantes y que ahora perdieron el cuello almidonado, la corbata y el traje. Pinnenberg, el pequeño hombre, es uno en seis millones.
Esta vez la prensa comunista y la nacionalsocialista lo criticaron con dureza. “No me importa -le comentó a los padres- yo no quiero escribir libros político partidarios”. La novela, cuya tapa estuvo a cargo de Georg Grosz, fue un éxito. En pocos meses vendió 50.000 ejemplares y en 1933 se editó en Inglaterra. Europa film propuso llevarla al cine, con dirección de Berthold Viertel, música de Kurt Weill y escenografías de Caspar Neher, todos colaboradores de Bertolt Brecht. Los derechos de autor le permitieron comprar una hermosa casa de campo frente al lago Carwitz, cerca del pueblo de Feldberg, donde por fin tuvo un cuarto propio.
En mayo de 1933, el gobierno alemán dio a conocer la lista de escritores prohibidos: Fallada no estaba entre ellos. Poco después, rompió el carné de afiliado al Partido Socialdemócrata y se inscribió en la oficialista Unión de Escritores.
Paraíso imposible. En 1934 publicó Una vez fui presidiario que, como todas sus obras, tenía fuerte acento autobiográfico. Por consejo del editor agregó un prólogo que advertía que el grotesco e inhumano sistema de justicia narrado en la novela era cosa del pasado.
El mismo año dio a conocer Una vez tuvimos un hijo. El protagonista, hijo de padre alcohólico, emigra a la ciudad donde enfrenta la corrupción de la vida metropolitana. La novela no gustó a los críticos nazis, que la recomendaron para arder junto a las obras de Mann y Brecht.
Tras casi una década de abstinencia volvió en secreto a la bebida. Cada tanto, cada vez con mayor frecuencia, debía internarse por crisis nerviosas o depresión. Sin embargo nunca dejó de escribir y publicar, siempre con éxito.
Aunque en apariencia era un escritor satisfecho, a sus amigos confesaba que estaba pensando en dedicarse a la traducción y a la literatura infantil. En lo primero fracasó -nadie se interesó en sus traducciones de Jules Romain- ; en lo segundo se inició con Hoppelgoppel ¿Dónde estás? (1936). Tras un fugaz aplauso, el gobierno ordenó retirar el libro de las escuelas.
Decidido a emigrar, hizo contacto con editores extranjeros, cerró la casa y armó las valijas. A último momento, mientras Anna cargaba los bultos y acomodaba a los dos hijos en el auto, Fallada quiso echar una última mirada a los alrededores. Regresó trastornado. “No nos vamos”, le dijo a la mujer. “No puedo, como otros héroes, irme al extranjero y producir literatura allá. Estoy tan arraigado al norte de Alemania que soy incapaz siquiera de imaginar que escribiré algo que no sea sobre eso”, le escribió a un amigo de infancia.
Al servicio de Goebbels. Tras la publicación de Lobo entre lobos (1937) Goebbels anotó en su Diario: “es un gran libro. El tipo tiene talento”. Lo que más atrajo al ministro del Reich fue la manera en que Fallada retrataba la descomposición de la República de Weimar. Inmediatamente le hizo llegar una propuesta: que escribiera, para ser llevada al cine, la historia de una familia alemana entre 1919 y 1930. Fallada firmó un contrato con el Ministerio de Educación y Propaganda por el que se comprometía a someterla a la aprobación de las autoridades. El resultado fue Gustavo el férreo (1938). La obra narra la vida de los Hackendall, una familia compuesta por Gustavo, honesto y rústico hombre de pueblo, conductor de coches de punto (coches alquiler tirados por equinos), y sus cinco hijos.
Cuando Fallada entregó el texto, Goebbels exigió que la historia continuara hasta el ascenso del nazismo. Seis meses después el escritor concluía la novela, a gusto del ministro. Aun sin conocer los entretelones del asunto, el lector de Gustavo el férreo no puede dejar de sorprenderse por el tardío y abrupto cambio de roles de los protagonistas de la saga: Heinz, el hijo honesto y trabajador, termina enrolándose en el Partido Nacionalsocialista, mientras que Erich, a quien desde las primeras páginas se presentó como un vivillo amoral y delincuente, se une a los comunistas.
“¿Por qué yo debería hacer más que describir las cosas como son? ¿Soy un reformador? ¿Un maestro? No, solo soy un retratista”, se justificó. Finalmente el proyecto naufragó por la oposición de Alfred Rosenberg, el más recalcitrante de los racistas del nazismo, que detestaba a Fallada.
El bebedor. A fines de los años treinta su vida personal era un desastre. Empezaba a tomar vino desde que se levantaba, había vuelto a inyectarse morfina y a consumir psicofármacos, pero ni aquel ni estos lograban ayudarlo a vencer el insomnio que lo desquiciaba.
Harta del descaro de sus amoríos, tema predilecto de las murmuraciones del pueblo, Anna le pidió el divorcio. A Fallada no le pareció razón suficiente porque, como le dijo a un amigo, él siempre había tenido relaciones extramatrimoniales.
En enero de 1944 conoció a Ulla Losch, una atractiva viuda de 22 años, adicta como él, o más, a la morfina, con quien se casó un año después. En un confuso episodio -Fallada estaba borracho- le disparó a Anna. Lo internaron en una clínica, de donde salió a fin de año. Durante la internación dio forma a El bebedor, escrita en primera persona, sobre la decadencia de un alcohólico.
Bajo protección soviética. En abril de 1945, el Ejército Rojo entró en Feldberg. El alcalde de la ciudad se suicidó luego de matar a la mujer y a los hijos. La población, en cambio, se entregó sin resistencia. Poco después, el comandante soviético mandó llamar a Fallada y le pidió que asumiera la alcaldía hasta que se convocara a elecciones.
En Feldberg nadie lo quería. Le reprochaban las borracheras y que hubiera abandonado a su mujer por una jovencita que competía con él en mala reputación. El discurso que pronunció al asumir el cargo tampoco le sumó simpatías: “Los rusos vienen como amigos”, dijo ante los vecinos silenciosos y resentidos por el pillaje y la violación cometidos por los soldados soviéticos.
En agosto sufrió una crisis de nervios y terminó internado. Cuando le dieron el alta, Johannes Becher le ofreció asistencia y se lo llevó a Berlín. Y además le regaló el tema de su siguiente trabajo, basado en un caso real: la ejecución de un sencillo carpintero y de su mujer, un ama de casa como tantas, por distribuir propaganda contra el régimen. Hasta ahí los fríos datos del expediente que Becher había encontrado en la Gestapo. A partir de ellos y en cuatro semanas Fallada escribió Todos morimos solos, su mejor novela.
La obra está ambientada en un edificio de apartamentos. Como la pensión de Madame Vauqueur en Papá Goriot de Balzac, el inquilinato de la calle Jablonski alberga todo el paisaje humano berlinés: un estricto hombre de leyes, una vieja judía, un delincuente de poca monta, un nazi borracho y advenedizo y una pareja anodina formada por el viejo Otto Quangel y Anna, su mujer, los protagonistas.
Tras un telegrama que les anuncia la muerte del único hijo en el frente, Otto concibe un plan pequeño y sin mayores pretensiones. En su día libre, después del almuerzo, escribe con letra imperfecta, de obrero que no terminó la escuela, una o dos postales contra Hitler. Viste su mejor traje y sale a depositarlas en el buzón de los edificios de la ciudad.
La Gestapo se desespera: supone que detrás de esas simples esquelas hay una poderosa Orquesta Roja. Sobre un mapa de Berlín colocan banderillas, que deberían ayudarlos a descifrar la lógica del subversivo itinerario. Poco después Anna se une a Otto en la incursión del fin de semana. La simpleza y la modestia del plan son, durante un tiempo, el escudo protector del matrimonio. Hasta que la Gestapo cae sobre ellos.
En Todos morimos solos no se salva nadie: ni la judía, ni el nazi, ni el delincuente, ni el hombre de leyes. Tampoco los heroicos Quangel, que intentan sin éxito suicidarse con cianuro para escapar al patíbulo. Fallada murió poco después de la publicación de la obra, posiblemente de una sobredosis. Un año antes le había escrito a su tía paterna:”Estoy cansado de la vida. Mi sueño de convertirme en un gran artista fracasó. Soy un escritor como tantos. Quizá me interesé demasiado en el dinero y el éxito. No lo sé…”. Tras su muerte, Ulla perdió y malvendió sus papeles -manuscritos, cartas, borradores- que fueron recuperados por la ciudad de Feldberg recién en 1981. Su casa frente al lago Carwitz es hoy museo y archivo. El premio de Literatura de la ciudad de Neumünster lleva su nombre.
Fuentes:
MORE LIVES THAN ONE A BIOGRAPHY OF HANS FALLADA, de Jenny Williams, Londres, Paperback, 2000.
EN DIÁLOGO CON FERDINAND CAMON, de Primo Levi. Madrid, Anaya & Mario Muchnik, 1996.
SEUL DANS BERLIN, de Hans Fallada. Paris, Denoël, 2002.
GUSTAVO EL FÉRREO, de Hans Fallada. Barcelona, Janés, 1947.


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