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Ya sabes lo que siento por Albert… (G.N)

Cultural
Nueva biografía de Einstein (1879-1955)
La lotería divina
Agustín Courtoisie
SOBRE EL FONDO de un cielo nocturno el momentáneo brillo del filo habría parecido una estrella. Pero luego de que un oftalmólogo de nombre Henry Abrams pasara en forma casual por la sala de autopsias, la escena era algo diferente. Quizás su antiguo paciente no habría tenido reparos en donar sus globos oculares a la ciencia. Así que optó por extraerlos y llevárselos. En cualquier caso, esos ojos ya no mirarían a nadie con aire risueño. Por eso los guardó dentro de una caja fuerte.
Todo comenzó el 18 de abril de 1955, pocas horas después del fallecimiento de Albert Einstein. Un patólogo del hospital de Princeton, Thomas Harvey, había decidido practicar una autopsia de rutina. El destino de su cadáver sería la incineración -por voluntad del propio Einstein-, para evitar esas absurdas excursiones que tienen por objeto venerar una tumba ilustre.
Luego de inspeccionar los órganos principales, debió emplear una sierra eléctrica para cortar el cráneo. Además del oculista Abrams, que se retiró con su propio y pequeño doble trofeo, también contemplaba la mesa de disección Otto Nathan, amigo del científico genial. Por su parte, Harvey entregó el cuerpo de Einstein, debidamente cosido, pero se quedó con el cerebro. Y sin permiso de nadie lo embalsamó, usando para eso sustancias que impedirían más adelante tomar muestras para investigar el ADN. “Con los años, en un proceso que sería tan ingenuo como extravagante, Harvey iría enviando rodajas o trozos de lo que quedaba del cerebro a los investigadores que le cayeran en gracia. No exigió ningún estudio riguroso…”.
Después de muchos viajes y mudanzas de el siniestro Harvey, parece que un periodista lo encontró en 1978 en Wichita, “donde le enseñó un bote de conserva de cristal con trozos del cerebro de Einstein, que sacó de una caja con una etiqueta que rezaba «Sidra Costa» y que guardaba en un rincón de su despacho detrás de una heladerita de picnic de color rojo”.
Ese itinerario algo bizarro de los restos mortales de Einstein no parece un destino justo para nadie. Pero mucho menos para aquel hombre que había transformado las concepciones del universo, con repercusiones mucho más allá del ámbito de la ciencia.
RIGORES. El autor de esa historia -tan detallada y documentada- es Walter Isaacson, responsable de la monumental biografía Einstein. Su vida y su universo. Ex presidente de la CNN y director ejecutivo de la revista Time, Isaacson ha publicado también Benjamin Franklin: An American Life y Kissinger: A Biography.
Para su última obra, Isaacson contó con la participación -unas veces en equipo, otras en forma individual-, de un conjunto de colaboradores extraordinarios. Entre ellos figuran Zeiev Rosenkranz y Barbara Wolff de la Universidad Hebrea de Jerusalén, responsables ambos, en distintos períodos, del archivo de Einstein allí conservado.
El autor también consultó e hizo traducir por primera vez del alemán papeles privados hasta ahora desconocidos, y obtuvo el apoyo directo de grandes científicos para las áreas más sesudas del volumen. Por ejemplo, nada menos que Murray Gell-Mann, premio Nobel de Física 1969, acompañó el proyecto que culminó en la gigantesca biografía.
También fueron decisivos para garantizar la calidad de los tramos sobre cuestiones físicas y matemáticas Brian Greene, físico de la Universidad de Columbia, y Gerald Holton, de la Universidad de Harvard.
Para dar una muestra del rigor de Isaacson en todas las áreas, baste mencionar que pidió a dos profesores de física que chequearan que las explicaciones no solo fueran correctas, sino comprensibles para todas las personas cuyos últimos estudios de ciencias fuesen de nivel secundario.
El libro de Isaacson recorre en forma minuciosa todas las etapas de la vida de Albert Einstein, abarcando las anécdotas privadas, el surgimiento de sus ideas científicas, tanto como la progresiva afirmación de su ideario político y filosófico.
BRÚJULAS. Einstein había nacido un 14 de marzo de 1879, en Ulm, Alemania. Era hijo de Hermann Einstein y Paulina Koch. Su hermana Maria “Maja” Einstein (1881-1951) se convertiría con los años en una de sus más íntimas confidentes. El padre y el tío se dedicaban a negocios de electrotécnica, no demasiado prósperos. Ya desde las primeras páginas de la biografía se confirman varias cosas que se sabían y otras que eran desconocidas o habían sido desatendidas por los investigadores. Por ejemplo, eran conocidas sus dificultades cuando niño para aprender a hablar y la sospecha de que era disléxico. También que tocaba el violín, o que había rendido examen de ingreso al Politécnico de Zürich, para convertirse en profesor de Física y Matemáticas, pero sin poder entrar en una primera instancia por problemas con materias como Literatura y Francés.
Pero no es tan conocido el hecho de que se dedicó un año a prepararse de nuevo para dar la prueba, por consejo del director del Politécnico, en la escuela cantonal de la aldea de Aarau, situada a 40 kilómetros de Zürich. Y lo relevante es que esa escuela se basaba en los principios de un pedagogo suizo del siglo XIX, Johann Heinrich Pestalozzi, que daba mucha importancia en sus métodos a visualizar imágenes y estimular la individualidad de cada alumno, evitando repeticiones memorísticas y datos impuestos por la autoridad. Según Isaacson, “era lo opuesto a la educación alemana que tanto había odiado Einstein”. Además, “esa clase de experimentos mentales visualizados se convertiría en un rasgo distintivo de la trayectoria de Einstein”.
En 1900 logra ingresar en el Politécnico de Zürich. Y al poco tiempo conoce a la que sería su primera esposa, Mileva Maric, una estudiante serbia. El lado oscuro de Albert Einstein asoma ya en ese vínculo. Porque han desaparecido las cartas y son pocos los testimonios referidos a una primera hija prematrimonial, Lieserl, nacida en 1902. Probablemente dada en adopción y quizás muerta de escarlatina a finales de 1903, el enigma de Lieserl llevó al británico Philip Sington a escribir la novela La chica Einstein.
En 1901 Einstein se convierte en ciudadano suizo y trabaja en la Oficina de Patentes de Berna. En 1902 muere su padre y al año siguiente se casa con Mileva. En esos años vive modestamente dando clases particulares de Física y Matemáticas. A fines de 1903 presenta su comunicación sobre ondas electromagnéticas.
La historia de su infancia tanto como la de los años juveniles que precedieron al “año maravilloso” de 1905 -cuando Einstein presentó varios artículos científicos con los cuales iniciaría una verdadera revolución-, están poblados de detalles, algunos muy útiles y otros muy inquietantes. En primer lugar, no era tan malo en matemáticas tal como hizo circular una leyenda con poco fundamento. En segundo lugar, es cierto que provocó un accidente en un laboratorio que tal vez explica su posterior propensión a la física teórica. Tercero, como sus padres eran judíos seculares, Albert estudió en un colegio católico. Los profesores no lo discriminaron por ser judío pero “el hecho de ser objeto de burla en el camino de ida y vuelta a la escuela ayudó a reforzar la sensación de ser un extraño, algo que le acompañaría toda la vida”.
Cuarto. Siendo niño, recibió como regalo de su padre una brújula. Por entonces permanecía en cama por una enfermedad. “Posteriormente recordaría que al examinar sus misteriosos poderes se emocionó tanto que temblaba y sentía escalofríos. El hecho de que la aguja magnética se comportara como si estuviera bajo la influencia de algún campo de fuerza oculto, en lugar de hacerlo según el familiar método mecánico derivado del tacto o del contacto, le produjo un sentimiento de asombro que le motivaría a lo largo de toda su vida “.
El mismo hombre que años más tarde resistiría aceptar un universo meramente probabilístico, con la broma de que “Dios no juega a los dados”, ya asomaba en el estudiante irreverente y antes de eso aun, en el niño que buscaba explicaciones racionales. No en vano había sido iniciado por el tío Jakob en las delicias del álgebra y se había fascinado por la colección Libros populares sobre ciencias naturales, la geometría euclideana y las tempranas lecturas de Kant, David Hume y Ernst Mach.
ECLIPSES. Con 26 años de edad Einstein publica varios textos científicos fundamentales, entre ellos una primera versión de la Teoría de la Relatividad, y consigue afrontar sus responsabilidades familiares con un empleo de tiempo completo en la Oficina de Patentes. Acababa de nacer su hijo Hans Albert Einstein (1904-1973).
Pero en lo personal, el tiempo mostraría muchas fisuras afectivas. Al misterio del destino de su hija Lieserl Einstein, a la que quizás no llegó a conocer nunca, se uniría la tragedia de su segundo hijo varón Eduard Einstein (1910- 1965), que sucumbiría a una esquizofrenia al rondar los 20 años y pasaría el resto de su vida internado.
Además, el matrimonio con Mileva Maric (1875-1948) no duraría mucho: en 1914 se separan y cinco años más tarde se divorcian. Sus dos pequeños hijos, Hans Albert y Eduard, por momentos sufrirían las frecuentes tensiones entre sus padres -aunque deben reconocerse los intentos de Einstein por preservar la armonía pese a todo y no perjudicar a los niños-. La depresión y la melancolía de Mileva se agravaron con los años.
Suele hablarse del desapego emocional de Einstein y hasta de su frialdad con los seres queridos más cercanos. Pero quizás la investigación científica era su refugio, frente a una situación que de todos modos habría de empeorar.
En 1916 Einstein presenta la primera exposición sistemática de la Relatividad General y en 1919 el astrofísico inglés y “paladín de la relatividad” Arthur Stanley Eddington organiza dos expediciones para poner a prueba la Teoría de la Relatividad General. Las observaciones consignaron que la luz se desvió ante un cuerpo de gran masa como el sol. La explicación relativista, pues, era la correcta.
En ese mismo año, Einstein se casa con su prima carnal Elsa Einstein (1876 -1936), con quien mantenía relaciones amorosas desde tiempo atrás, mientras se deterioraba cada vez más el vínculo con Mileva. Según Isaacson, Elsa “era más inteligente de lo que aparentaba y sabía bien cómo manejarle”. La transcripción en su biografía de una carta de Ilse (1897-1934), hija del primer matrimonio de Elsa, sugiere que quizás Einstein jugaba a dos puntas o al menos fantaseaba con casarse con ella y no con su madre. Según Ilse, en una carta a su amante Georg Nicolai: “Ya sabes lo que siento por Albert. Le quiero mucho; le tengo el mayor respeto como persona (…) Jamás he querido ni he sentido el menor deseo de estar con él físicamente. No ocurre lo mismo en su caso. En una ocasión me reconoció lo difícil que se le hace mantenerse a raya”.
En cuestiones físicas de otra índole sí vendría un importante reconocimiento. Porque en 1922 se le otorga el Premio Nobel por su teoría del efecto fotoeléctrico, quizás porque la Relatividad todavía era muy discutida en el mundo académico. Para muchos estaba fresco el recuerdo de la competencia entre Albert Einstein y David Hilbert, el matemático alemán, “por descubrir las ecuaciones matemáticas de la relatividad general” durante el año 1915 (pág. 254 y 255), asunto finalmente zanjado en forma amigable.
Contra ese acuerdo, el planeta era un lugar cada vez menos cordial. En 1933, los nazis y sus cómplices comienzan una campaña contra la “ciencia judía”. Einstein debe enfrentar la confiscación de sus bienes, y la pérdida de sus cargos académicos. Habrá de renunciar a la Academia Prusiana y será bien recibido, al principio, en los Estados Unidos. Claro que el hecho de ser nombrado profesor del Instituto de Estudios Superiores de Princeton no le librará en el futuro de acusaciones infundadas de todo tipo. El FBI pergeñará o se hará eco de las más disparatadas.
En 1939 escribe la célebre carta al presidente Franklin D. Roosevelt advirtiendo de la posibilidad de que los nazis lograran construir la bomba atómica.
ESTRELLAS. La nobleza del texto de Isaacson no tiene desmayos. Cuando necesita referirse a asuntos de la intimidad de Einstein, no emite juicios morales. Parece confiar en que alcanza con suministrarle al lector información abundante para que se forme su propia opinión. Claro que no oculta su inmensa admiración por el personaje. Pero trata de contagiarla a quien recorre sus páginas por la presentación comprensiva de los acontecimientos y no procura inculcarla mediante argumentos. Si se trata de su precisión metódica, el autor chequea varias fuentes, coteja fechas, compara opiniones de testigos y expertos. Como botón de muestra puede señalarse que Isaacson destina 106 páginas en total a las notas de cada capítulo y a la bibliografía.
Y no se le escapa nada de aquello que necesariamente tiene que estar: el honesto pacifismo de Einstein y la puesta entre paréntesis de esa postura ante la amenaza totalitaria de Hitler; la carta dirigida al presidente Roosevelt y las reales responsabilidades del sabio por el proyecto Manhattan que condujo a la bomba atómica; su adhesión por igual al socialismo y a las libertades propias de la democracia; el ofrecimiento de la presidencia del Estado de Israel, su negativa respetuosa y el asumir cada día más su condición de judío.
Puede que se eche de menos en la biografía una confrontación más profunda -o tal vez más clara y no meramente replicadora de ciertas imprecisiones de lenguaje- de las teorías de Einstein con las nuevas propuestas científicas que fueron surgiendo a medida que el paradigma relativista insinuaba ciertas insuficiencias. Tal es el caso particular de la “Teoría de Cuerdas”, cuyo carácter altamente especulativo y sus aspectos epistemológicos siguen generando polémicas intensas.
Por otra parte, según científicos como Rodolfo Gambini “desde hace más de cincuenta años disponemos de una teoría que unifica la relatividad especial y la mecánica cuántica. Se llama teoría de los campos cuánticos y describe fenómenos electromagnéticos y nucleares de alta energía y la física de las partículas elementales”. Dentro de este enfoque, la unificación iniciada por Einstein entre los fenómenos mecánicos y electromagnéticos alcanzaría su expresión definitiva. Pero quizás pedir que se ahonde en esas cuestiones supone creer que se puede hablar con la misma sencillez de cualquier cosa. En realidad, Isaacson ha cumplido sobradamente su cometido: presentar a un gran hombre de ciencia sin perder matices cotidianos y a la vez dibujar el gran trasfondo histórico del siglo trágico en que le tocó vivir.
Albert Einstein emerge de esta biografía de modo muy verosímil y eso no es poco, al contrario. Es el mismo hombre que más allá de su “lado oscuro” o de sus escarceos sentimentales supo decir en Mi visión del mundo (Mein Weltbild): “Hay una contradicción entre mi pasión por la justicia social y mi completa carencia de necesidad de compañía, de hombres o de comunidades humanas. Soy un auténtico solitario. Nunca pertenecí del todo al Estado, a la Patria, al círculo de amigos ni aun a la familia más cercana”.
Es decir, el mismo individuo que declaró en 1933 que “mientras me sea posible viviré en un país donde haya libertades políticas, tolerancia e igualdad ante la Ley”. Y el que posteriormente observó que “en la base de todo buen trabajo científico existe un sentimiento religioso relacionado con convicciones de la razón. Por ejemplo, la comprensibilidad del mundo”.
Y el que muere en abril de 1955, a causa de un aneurisma aórtico, sin haber perdido jamás el asombro kantiano ante un cielo nocturno y estrellado.
Nota de Redacción: En el Número Especial 827 de El País Cultural (9 de setiembre de 2005) dedicado a la vez al centenario de la Teoría de la Relatividad (1905), al cincuentenario de la muerte de Einstein (1955) y al Año Internacional de la Física (UNESCO), varios especialistas expresaron sus opiniones, saludablemente contradictorias, sobre la vida y la obra de Albert Einstein.
EINSTEIN. SU VIDA Y SU UNIVERSO, de Walter Isaacson. Debate, México, 2009. Distribuye Random House Mondadori. 736 págs.
Grandes obras
A.C.
STEPHEN HAWKING (Oxford, 1942) es el admirado autor de Historia del tiempo (1987) y El universo en una cáscara de nuez ( 2001). Dicen que se ha jubilado y que anda peor de salud. Desde sus épocas de estudiante padece una atrofia que lo condena a su silla de ruedas e incluso necesita comunicarse utilizando una computadora que sintetiza su voz. Quienes hayan seguido sus explicaciones sobre las maravillas del universo con voz nasal de robot en una famosa serie de la BBC (“El Universo de Stephen Hawking”, BBC, 1997), sabrán que el científico británico que discurre sobre agujeros negros y el Big Bang tiene en sí mismo algo de milagroso. Porque a sus aportes a la física y a la cosmología contemporánea que le han dado tanta celebridad, une la cualidad de ser un riguroso divulgador, sea cual fuere el apoyo que razonablemente deba recibir de colaboradores y familiares.
En cuanto a su reciente selección de las obras de Albert Einstein hay un precedente. Hawking ya había hecho algo similar con agilidad didáctica en A hombros de gigantes. Las grandes obras de la física y la astronomía (2003), intercalando notas introductorias a una antología de obras de grandes sabios como Copérnico, Galileo, Kepler y Newton, además del propio Einstein.
Pero aquella plural antología incluía solamente “El principio de la relatividad” y en La gran ilusión, en cambio, además de ese texto clave, Hawking selecciona y comenta lo mejor -a su juicio- de Albert Einstein, con un volumen dedicado en forma exclusiva al padre del efecto fotoeléctrico, la curvatura de la luz, las contracciones del espacio-tiempo y otras rarezas.
Aquí puede encontrarse una mayoría de textos puros y duros como “Relatividad: la teoría especial y general”, “Otras consideraciones sobre la relatividad”, y tramos de páginas de “El significado de la relatividad” y “La evolución de la física”. Pero que el lego no espere alivio literario en las secciones tituladas “Notas autobiográficas” y “Mis últimos años”, porque allí no escasean las ecuaciones ni las reflexiones filosóficas. Más bien abundan y para bien.
Es en ese último tramo que Hawking recuerda que “al contrario que con la relatividad, que proveía una explicación determinista a fenómenos físicos, la mecánica cuántica es probabilística desde sus fundamentos, lo cual era de difícil aceptación para Einstein”. Y más adelante agrega: “Sus preocupaciones sobre los problemas filosóficos con la relatividad y la mecánica cuántica se resolvieron finalmente mediante el desarrollo de la mecánica cuántica relativista, la teoría cuántica de campos, que en última instancia forman las bases de la teoría de cuerdas. O que a su vez podría satisfacer el sueño de Einstein de unificar las fuerzas de la física”.
Es cierto que decepciona un poco la brevedad de los comentarios del editor, tratándose de un mamotreto de 686 páginas. Es que pueden contarse cuatro carillas introductorias, más seis carillas entre la Parte I y II, cuatro entre la Parte III y V, seis entre la Parte V y VI, y dos en la Parte VII, lo cual arroja un total de 22 carillas de Stephen y mucho más de 600 para Albert.
LA GRAN ILUSIÓN. LAS GRANDES OBRAS DE ALBERT EINSTEIN. Edición de Stephen Hawking. Editorial Crítica, Barcelona, 2008. Distribuye Planeta. 686 págs.


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