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interesante… bah, qué sé yo!

Cultural
Robert Brasillach (1909-1945)
El escritor que De Gaulle no perdonó
Virginia Martínez
Photobucket Robert Brasillach
ROBERT BRASILLACH cayó frente al pelotón de fusilamiento, gritando “Viva Francia, a pesar de todo”. Era el 6 de febrero de 1945. Tres días antes, el general De Gaulle había aceptado recibir a su abogado defensor. Cuando este, en un desesperanzado intento por salvar la vida de su cliente, se ofreció a aportar más información sobre el caso, imperturbable el general respondió: “No vale la pena”. Es probable que en ese momento, De Gaulle ya hubiera firmado el decreto que confirmaba la pena capital.
Novelista, periodista, crítico literario y cinematográfico, Brasillach fue el único escritor de prestigio juzgado y fusilado por colaborar con los nazis. En sus Memorias, al explicar su conducta respecto de la llamada política de depuración que siguió a la liberación, De Gaulle se refiere a él sin nombrarlo pero de manera inequívoca: “Si no habían servido directa y apasionadamente al enemigo, conmuté las condenas, por principio. En un solo caso, el único, no me sentí con derecho a conceder la gracia. Pues, en las Letras, como en todo, el talento es título de responsabilidad”. De Gaulle emplea dos palabras, talento y responsabilidad, que repitieron una y otra vez el fiscal y el defensor, durante el sonado juicio.
Cincuenta años después de los hechos, Alice Kaplan, profesora de Literatura e Historia francesa de la Universidad de Duke, en Carolina del Norte, se puso a investigar su caso y el de otros escritores colaboracionistas en los archivos judiciales franceses. Con ese material publicó The collaborator, the trial and execution of Robert Brasillach (University of Chicago Press, 2000). Al año siguiente Gallimard editó la obra con el título de Intelligence avec l`ennemi.
Crítico literario. El padre de Brasillach era un militar que había servido en las fuerzas coloniales de Marruecos y que cayó en combate durante la Primera Guerra Mundial. El segundo matrimonio de la madre llevó al niño y a Suzanne, la hermana mayor, a mudarse a la pequeña ciudad de Sens. A los 16 años Brasillach partió a París para preparar el ingreso a l`École Normale Supérieure (ENS). Allí conoció al joven Maurice Bardèche, que iba a tener gran influencia política e intelectual en él y con quien hizo íntima amistad. Años después Bardèche se casó con Suzanne. Eran tan inseparables que Brasillach acompañó a su hermana y a su cuñado en la luna de miel. A partir de ese momento los tres vivieron bajo el mismo techo.
Ya en su época de estudiante en la ENS, Brasillach se distinguió por su adhesión a la monárquica y ultra nacionalista Acción Francesa, de Charles Maurras. A los 21 años escribía en la revista de la Acción. Su primer artículo de éxito fue la “Oración fúnebre por Gide”. En realidad era una malévola pseudo necrológica pues Gide no había muerto, pero como a juicio del autor, el vejete hacía tiempo que no tenía nada que decir, bien podía dárselo por muerto. Esa nota definió el estilo con que ejercería el periodismo y la crítica literaria. En 1931 publicó su primer ensayo, Presencia de Virgilio, canto a la sensualidad e idealización de la amistad masculina.
Ese año abandonó la carrera universitaria, se convirtió en escritor de tiempo completo y publicó El proceso a Juana de Arco. Poco después su firma comenzó a aparecer en el semanario pro nazi Je suis par tout.
Portavoz del fascismo. A mediados de la década del treinta, Brasillach se definía como un fascista a la francesa. Daba conferencias, escribía y militaba a favor de la causa. En 1934 viajó a la reunión del Partido Nacional Socialista en Nürenberg. A su regreso escribió “Cien horas con Hitler”, artículo en el que exhibía la fascinación que le despertaba el Führer.
El nazismo de Brasillach no era un sistema político totalitario sino una gesta épica, exultante, hecha de jóvenes fuertes y musculosos y banderas al viento. Francia tenía que elegir entre hundirse en el escepticismo y la decrepitud o sumarse a la impetuosa cosmovisión nacionalsocialista. A medida que se acercaba al nazismo, Brasillach se volvía más ácido y violento contra los escritores de izquierda o con aquellos que tenían algún compromiso democrático: le resultaban mediocres, mustios, sin virilidad.
Antisemita racional. Entre 1931 y 1939, fiel a su internacionalismo fascista, viajó por Alemania, Bélgica, Italia, España y el norte de África. Publicó cinco novelas, dos libros sobre la guerra civil española, dos ensayos y una Historia del cine (1935), escrita en colaboración con Bardèche. El trabajo fue muy bien recibido y tres años más tarde lo editó el Museo de Arte Moderno de Nueva York.
La crítica cinematográfica no quedó al margen de las elecciones ideológicas del autor. Así Leni Riefenstahl, cuyo film El triunfo de la voluntad, en la primera edición del libro es sólo “monótono y por momentos magnífico”, en 1942 pasa a ser “la más grande artista del Tercer Reich”, una cineasta que se abre paso en un mundo sofocado por la corrupción judía.
A fines de la década del treinta había consolidado su antisemitismo. Sin embargo él se definía como un moderado: “No queremos matar a nadie, no deseamos organizar ningún pogromo. Pero también pensamos que la mejor manera de impedir las reacciones siempre imprevisibles de un antisemitismo de instinto es organizar un antisemitismo racional”. Seguramente esa moderación lo llevó a pedir que se privara de la ciudadanía a los judíos.
En respuesta al gobierno que prohibió a la prensa incitar al odio racial, Brasillach publicó el artículo “El asunto simio”, en el que sustituyó la palabra judío por mono: “¿Vamos al teatro? La sala está repleta de monos. Se cuelgan por todos lados, en el palco, en el escenario. ¿En el ómnibus, en el metro? Monos. ¿Me siento inocentemente en un bar? A derecha y a izquierda los monos se acomodan. Su habilidad para imitar los gestos de los hombres hacen que, a veces, no los reconozcamos enseguida…”.
Prisionero liberado. En setiembre de 1939 lo llamaron al Ejército y en junio del año siguiente fue hecho prisionero por los alemanes. Pasó diez meses en campos de internación junto a soldados compatriotas. Allí escribió la obra de teatro Berenice, el Diario de un hombre ocupado y la novela Los cautivos.
Poco después de su internación, la Embajada alemana comenzó gestiones ante las autoridades del Reich para lograr que lo liberaran. De vuelta a París, Brasillach habló en un acto organizado por Je suis partout, en el que fundamentó la necesidad histórica de una Francia fascista. Gallimard reeditó El proceso a Juana de Arco, muy elogiado por sus valores ideológicos en la Nouvelle Revue Francaise, que dirigía el fascista Drieu la Rochelle.
Brasillach desayunaba y almorzaba en el Instituto Alemán, se fotografiaba en las recepciones en compañía de nazis uniformados y seguía escribiendo contra los judíos, que ahora ya no eran simios sino ratas. Cuando los atentados contra la ocupación empezaron a hacerse visibles, sumó un nuevo enemigo: los terroristas de la Resistencia, como los llamaba.
Cada semana Je suis partout, del que Brasillach era redactor en jefe, publicaba una columna de denuncia: fulano es comunista ¿es posible que yo sea el único que lo sabe?; el que firma los artículos de tal periódico de Avignon con el seudónimo de Lubert no es otro que el judío Lussy; el judío David Rubiné sigue ejerciendo la medicina a pesar de que Vichy se lo prohíbe; aquel, que es sospechoso de colaborar con la Resistencia vive en tal calle.
Colaboracionista de corazón. El 13 de octubre de 1943 abandonó la dirección del semanario por discrepancias con el resto de la redacción. En el juicio, la decisión se esgrimió como prueba de que el acusado no compartía el extremismo de sus compañeros y que se sentía francés antes que nazi. Sin embargo, los documentos que ofrece Kaplan, prueban que los alemanes nunca consideraron su alejamiento como una defección.
Cuando el gobierno provisional de De Gaulle declaró ilegal la prensa colaboracionista y ordenó confiscar sus bienes, la mayoría de los redactores de Je suis partout huyeron a Alemania. Brasillach se negó. Reunió algunos libros y se mudó a un altillo. “Si los judíos vivieron encerrados en armarios durante casi cuatro años. ¿Por qué no imitarlos?”, anotó en su diario.
El 21 de agosto de 1944 fuerzas del Comité Francés de Liberación Nacional detuvieron a su madre. Cuatro días después, desde su refugio, Brasillach escuchó las campanadas de Notre Dame celebrando la liberación. No sabía que la madre estaba presa ni que habían detenido a su padrastro y a Bardèche. Recién un mes después, un amigo se atrevió a contarle lo sucedido. Brasillach decidió entregarse.
Cofradía masculina. En los meses que pasó en la prisión de Fresnes, reforzó su credo fascista y se dedicó a la literatura: escribió obras de teatro, ensayos, tradujo a Shakespeare y comenzó a planear la publicación “póstuma” de su obra.
Ya antes de la liberación, De Gaulle había comenzado a preparar el marco jurídico que debía respaldar el juicio a los colaboracionistas. Había puesto cuidado en basarse en el Código Penal vigente antes de la guerra y no crear nuevos delitos. El Código castigaba con la muerte a “todo francés que en tiempos de guerra sostenga inteligencias con una potencia extranjera o con sus agentes, en vistas a favorecer la empresa de esa potencia contra Francia”. En ese artículo, el número 75, se basó el juicio a Brasillach.
Los protagonistas. Los juicios contra quienes, desde la prensa, habían apoyado la ocupación alemana -apunta Kaplan- proliferaron, pues eran de fácil instrucción: bastaba con reunir los artículos, marcar los pasajes más comprometedores y llamar a algún testigo. El de Brasillach, en particular, prometía destacarse por la fama del acusado y las dotes oratorias del fiscal y el defensor.
El pasado de estos últimos revela que las fronteras entre colaboracionistas y patriotas no eran tan francas en la Francia recién liberada. A Jacques Isorni se lo tenía por uno de los más prestigiosos abogados defensores del foro parisino. Admirador de Maurras y partidario del mariscal Pétain, a quien poco después también defendió ante la justicia, durante la guerra Isorni había considerado a De Gaulle un desertor.
El fiscal Marcel Reboul había integrado el sistema judicial de Vichy. Había prestado, como era obligatorio, juramento de fidelidad a Pétain pero -según su hija- también siempre había hecho lo posible para blanquear los expedientes de judíos y opositores.
Quedaba claro que entre el Poder Judicial de antes y después de la guerra, y el de Vichy, había fuertes líneas de continuidad. La depuración alcanzó solo a los responsables de firmar deportaciones y sentencias de muerte.
El juicio. El 19 de enero de 1945 en un París liberado, pero en una Francia todavía en guerra, comenzó el juicio. La sala estaba llena. Entre el público se encontraban el filósofo Maurice Merleau-Ponty, Simone de Beauvoir y representantes de los principales diarios de la Resistencia.
Brasillach escuchó con atención los cargos y respondió con mesura. Isorni le había pedido que su conducta desmintiera la fama de violento que lo precedía. Eso no le impidió defenderse sin concesiones.
Reboul lo acusó de mantener relaciones carnales con el enemigo. Citó todos los pasajes de su obra que denotaban la seducción del escritor por el ritual y la potencia del nazismo. El fiscal golpeó bien: el rumor sobre la homosexualidad de Brasillach era un secreto a voces y en sus textos abundaban connotaciones homoeróticas como la belleza de los muchachos, la intimidad de las amistades masculinas, entre otras. Reboul apeló a los sentimientos más conservadores del jurado.
Presentó lo más odioso de sus artículos: las denuncias y la instigación. En su última intervención, en voz baja y mirando de frente al acusado, le dijo que había leído y releído su obra buscando encontrar una palabra de piedad y no la había encontrado.
La condena. “Es un honor”, dijo claro y fuerte, Brasillach cuando le leyeron la sentencia. A partir de ese momento, como era norma con los condenados a muerte, lo recluyeron en una celda de aislamiento, encadenado.
Francois Mauriac se puso al frente de la campaña para salvarle la vida. Escribió en Le Figaro apelando a la caridad cristiana y a la necesidad de cerrar las heridas. Albert Camus le replicó desde Combat acusándolo de ser portavoz de un dilema falso: odio o perdón. Francia, dijo, tiene necesidad de justicia. Igual Camus firmó por él basándose en su oposición ideológica a la pena de muerte.
Tras largas discusiones sobre el contenido y el tono de la petición, comenzó a circular una carta pidiendo por Brasillach. Se sumaron Colette, Jean Anouilh, Paul Claudel, Jean-Luis Barrault, Paul Valéry, Maurice de Vlaminck y Jean Cocteau. Entre los que se negaron a acompañarla se cuentan Picasso, Gide, Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir.
Nace el mito. Con el tiempo Brasillach se benefició de una doble reivindicación. Unos eligieron recordarlo solo por sus novelas y ensayos. Otros hicieron de su legado político objeto de culto. Para Jean-Marie Le Pen del Frente Nacional, Brasillach es el romántico sacrificado por sus ideas, el brillante que murió antes de tiempo. O para decirlo en palabras de Kaplan: el “James Dean del fascismo”.
Lo que escribió Hannah Arendt sobre Ezra Pound, vale también para Brasillach: si antes de la guerra el antisemitismo del poeta podía ser un asunto privado, sin efectos políticos, no lo era denunciar judíos -o comunistas, resistentes- cuando se los estaba exterminando. Es a esa responsabilidad de los hombres de letras a la que se refiere De Gaulle en sus Memorias.
También es cierto que Brasillach pagó culpas propias y ajenas y que su muerte le ahorró igual destino a otros periodistas tan o más radicales que él. Después de su fusilamiento no hubo más ejecuciones de escritores. A sus colegas de Je suis partout les conmutaron la condena a muerte por trabajos forzados y luego los amnistiaron. Lucien Rebatet, uno de los duros de su grupo, autor de Los escombros, libelo antisemita, éxito de ventas bajo la ocupación, reconoció la deuda: “Él nos salvó la vida, muriendo primero”.

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